Voy a ser directo. Llegué a Córdoba una mañana de primavera y me quedé enamorado para siempre. No era mi primera visita, recuerdo que fue en una excursión de fin de curso en el instituto, pero esta vez quería recorrerla sin prisas, con pausa.
Y al final me he dado cuenta de que Córdoba no se visita: se vive, se siente y se escucha. Sé que es algo ñoño, pero es la realidad.
Os lo digo de corazón que caminar por la Judería es como retroceder en el tiempo. Las calles son empedradas, otras estrechas y serpenteantes. Y claro, parecen guardar secretos en cada esquina. Desde la Puerta de Almodóvar hasta la Sinagoga. Dos sitios que no se pueden dejar de visitar. Me detuve frente a una casa blanca con geranios en los balcones. Algo que nunca puede faltar. En Córdoba, las flores no son adorno, es una forma de vida.
Y sí, por supuesto, no puede faltar una visita a la Mezquita-Catedral. No importa cuántas veces uno haya visto imágenes de ella porque cada día es algo nuevo que ver. Entrar en su interior siempre estremece. Las columnas son infinitas, los arcos bicolores, la penumbra interrumpida por haces de luz… todo parece una coreografía silenciosa entre la fe y la belleza.
En Córdoba, comer también es un acto cultural. Así que me refugié en una taberna del casco histórico, de esas donde el tiempo se detuvo, de esas que cuando vienen los guiris se quedan fascinados. En la barra, un camarero me sirvió salmorejo con virutas de jamón y huevo picado. Lo acompañé con unas berenjenas fritas con miel de caña, crujientes y dulces, una combinación que sólo los cordobeses saben hacer perfecta. Es algo que siempre recomiendo.
Mientras comía, escuché a unos turistas hablar de los patios. En mayo, durante el Festival de los Patios Cordobeses, las casas abren sus puertas para mostrar esos espacios secretos llenos de macetas, pozos y aromas. Pero también fuera de esas fechas, algunos están abiertos todo el año. Así que fui al Palacio de Viana, un lugar maravilloso. Doce patios diferentes, cada uno con su carácter: unos íntimos y sombríos, otros alegres y floridos. Allí comprendí que Córdoba no se mira, se respira, que ya os he dicho que es una fantasía.
Por la tarde, el calor apretaba, como suele pasar. Recuerdo que son unos 40 grados los que tuve que soportar. Luego crucé el Puente Romano sobre el Guadalquivir y, desde la otra orilla, la vista de la ciudad era tremenda. La Mezquita reflejada en el agua, los tonos dorados del atardecer, y ese rumor constante del río que parece contar historias. Subí a la Torre de la Calahorra y desde lo alto vi cómo el sol se metía. Una imagen de esas que quedan para siempre.
Pero el día no terminaba ahí, aún quedaba lo mejor. Al caer la noche, Córdoba se convierte. Las calles se llenan de gente, de guitarras que suenan maravillosas, de luces cálidas que invitan a perderse de nuevo. Esa noche tenía una cita muy especial: ir al tablao flamenco El Pañuelo. Una experiencia brutal.
Algo más que música
El Pañuelo es mucho más que un espectáculo; es una experiencia que hay que vivir en la vida. Cada noche, el lugar se llena de pasión y arte, ofreciendo una fusión única de tradición y emoción. Apenas crucé la puerta, el aire vibraba distinto. Mesas de madera, paredes con fotografías antiguas, copas tintineando, y un pequeño escenario donde todo estaba a punto de suceder. La verdad es que es algo que es la leche.
Recuerdo que a mi lado, una pareja extranjera se miraba con los ojos brillantes, hipnotizados por aquella intensidad. En El Pañuelo, el flamenco no se representa, allí se siente, se comparte, se vive. Vamos que es una gozada, y normal, que a todos los extranjeros les enamore.
Cuando salí de ese sitio y fui volviendo a mi hotel andando, Córdoba es una ciudad en la que se puede ir andando a todos los sitios. Y la verdad es que iba pensando que era un tío feliz, y sobre todo afortunado por saber que estaba haciendo lo que me gustaba. El paraíso tiene que ser algo así.
Cuando me despedí de Córdoba, tenía claro que iba a volver. El sonido que tiene una guitarra, el aroma del jazmín, la luz dorada de sus tardes. Córdoba no es una ciudad para ver, y ya con esta frase ñoña me despido, es una ciudad para sentir con los cinco sentidos.