Una acampada desagradable

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Cuando era niña mis padres iniciaron una costumbre con amigos suyos que aún hoy en día perdura. Todos los años, un mes antes de que nos dieran las vacaciones en el colegio, nos sentábamos alrededor de una mesa y decidíamos adónde queríamos ir de vacaciones. Siempre eran localizaciones dentro de nuestras fronteras pero gracias a nuestra tienda de campaña estilo canadiense visitamos ciudades como Cuenca, León, Marbella, Murcia, Albacete y demás lugares de los que guardo buenos recuerdos.

A día de hoy mis padres rondan los 75 años pero siguen manteniéndose jóvenes en cuerpo y alma con una salvedad. Hace un año le detectaron a mi madre demencia senil y, aunque hemos intentado no cambiar nuestro estilo de vida, es inevitable tener que amoldarnos un poco a lo que se nos va a venir encima.

Pensamos que, como aun está muy bien, podríamos tener una última escapada. Ahora mi marido y yo tenemos una autocaravana preciosa que nos hace las acampadas mucho más cómodas y mis padres nos han acompañado en muchas de nuestras aventuras. Además, a mis hijos les encanta que vengan sus abuelos porque se comportan peor que ellos y se pasan el día jugando sin saber muy bien quien de los cuatro tiene más edad.

Sin embargo, esta última vez la situación no fue del todo agradable. A pesar de que mi madre está siendo tratada en el mejor centro especializado en el tratamiento esta enfermedad cuya web podéis visitar en demenciasenil.es, debemos tener mucho cuidado con ella y eso es algo que se irá acrecentando por mucho que nos duela y necesitará más ayuda cada día hasta que necesite una atención diaria de 24 horas al día. Todos somos conocedores de ello pero, como aún no ha llegado ese momento, queríamos disfrutar cuando aún es posible.

Fuimos a Caravaca de la Cruz, una localidad de Murcia preciosa que guarda un secreto escondido y una leyenda sobre la mítica cruz cuyo nombre es igual al de la localidad. Pensamos que era un sitio ideal para que mi madre visitara porque es muy devota y, además, el camping estaba muy bien por lo que pudimos ver en la web. El problema fue que la tercera noche se levantó y ninguno nos dimos cuenta. Pasó por delante de mis hijos que duermen en el salón de la caravana y no se despertaron. Nadie se imaginaba que podría hacer lo que hizo. Salió de la caravana a altas horas de la madrugada y se fue a pasear, esas fueron sus palabras, pero se perdió, no sabía regresar y cuando nos vinimos a dar cuenta llevaba vagando más de 4 horas portando sólo un camisón como prenda de ropa y, por tanto, helada de frío.

Gracias a Dios no pasó absolutamente nada. En cuanto nos pusimos como locos a buscarla muchas personas nos guiaron diciéndonos por donde la habían visto ya que llamaba la atención ver a una mujer sola en camisón caminando por el camping. Cogió un constipado, eso sí, pero nada más y aun dando gracias.

Desde aquí me gustaría concienciar a las familias que sufren lo mismo porque nosotros, desconocedores de los peligros, metimos la pata y casi tenemos una desgracia. Aunque parezca que están bien, esa enfermedad no deja que sus cerebros funcionen correctamente y pierden habilidades que capacidades que antes dominaban sin problema. Desgraciadamente esa ha sido la última vez que mi madre irá de camping, no podemos arriesgarnos, pero esperamos que nuestra experiencia conciencie a familiares y amigos de lo complicado que puede llegar a ser la convivencia con personas que sufren demencia senil.

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22 enero, 2016

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